Para entender esta contradicción conviene recordar una regla elemental de los mercados de renta fija: cuando cae el precio de un bono, aumenta su rentabilidad. Y si los inversores exigen mayores rendimientos para prestar dinero a los gobiernos, el coste de financiación de los Estados se encarece. Pero las consecuencias van mucho más allá de las cuentas públicas. Los tipos de interés de la deuda soberana son una referencia fundamental para los préstamos hipotecarios, la financiación empresarial y, en definitiva, para buena parte de la actividad económica.
Lo que está provocando actualmente esta oleada de ventas de deuda pública es, principalmente, la crisis energética derivada de la guerra de Irán. Con el petróleo Brent por encima de los 100 dólares por barril y sin perspectivas claras de una resolución inmediata del conflicto, los inversores temen que la inflación vuelva a enquistarse y obligue a los bancos centrales a mantener los tipos de interés elevados durante más tiempo del previsto.
A este factor se suman otros dos de carácter más estructural. El primero es el deterioro de las finanzas públicas en numerosas economías desarrolladas, con unos niveles de endeudamiento elevados que obligan a los gobiernos a emitir grandes cantidades de deuda en un momento en que financiarse resulta cada vez más caro. El segundo es la creciente competencia entre los Estados y las empresas por captar el capital disponible. En particular, las enormes inversiones empresariales destinadas al desarrollo de la inteligencia artificial están impulsando nuevas emisiones de bonos corporativos que compiten con la deuda soberana por atraer el capital de los inversores.
El resultado es una combinación particularmente incómoda en la que concurren unas necesidades de financiación más elevadas, mayores temores inflacionistas y unos mercados que reclaman rentabilidades superiores para asumir riesgos.
Por lo que respecta a Europa, la delicada situación presupuestaria de Francia constituye uno de los principales focos de inquietud. Su elevado déficit público, superior al 5% del PIB, y las dudas sobre la capacidad política para reconducirlo han ampliado el diferencial de rentabilidad entre sus bonos a diez años y los alemanes hasta niveles no vistos desde la crisis de la eurozona de 2011. Sin embargo, conviene no confundir los problemas particulares de Francia con las causas de una sacudida que tiene dimensión global. Un elemento tranquilizador es que la periferia europea presenta hoy una situación más sólida que durante las anteriores crisis de deuda, lo que debería contribuir a limitar el riesgo de contagio.
Las consecuencias también se están dejando sentir en las divisas. Si tradicionalmente un aumento de la rentabilidad de los bonos de un país tiende a favorecer su moneda, al atraer capital extranjero, esta relación puede debilitarse e incluso invertirse cuando los rendimientos suben por temor a la inflación o a la sostenibilidad fiscal, en lugar de hacerlo por unas perspectivas de crecimiento más favorables.
En el escenario actual, el dólar se está beneficiando de su condición de activo refugio y de la posición de Estados Unidos como exportador neto de energía. En cambio, las monedas de las economías emergentes sufren el efecto combinado del encarecimiento de la financiación internacional y la mayor aversión al riesgo. Por su parte, el euro también está acusando las incertidumbres presupuestarias francesas.
Hay otra consecuencia que merece especial atención. El incremento de las rentabilidades de la deuda puede terminar haciendo parte del trabajo de los bancos centrales. Cuando suben los tipos de interés a largo plazo, se endurecen las condiciones financieras, se enfrían las decisiones de inversión y consumo y se modera la actividad económica. Por tanto, cuanto mayor sea este endurecimiento, menor podría ser la necesidad de nuevas subidas de los tipos oficiales. La paradoja es que los mercados, al anticipar una política monetaria más restrictiva, contribuyen a endurecer las condiciones financieras y, con ello, a reducir la necesidad de que los bancos centrales eleven todavía más los tipos de interés.
Una de las principales claves para que los mercados de deuda recuperen la estabilidad está en una resolución efectiva del conflicto iraní que permita una caída sostenida del petróleo y alivie las expectativas de inflación y de tipos de interés, con independencia de que los desequilibrios fiscales y las elevadas necesidades de financiación sigan presentes durante más tiempo. Si este escenario llega a materializarse, podríamos asistir también a una corrección del dólar, cuya reciente fortaleza parece cada vez más vulnerable a un cambio en las condiciones que la han impulsado.
Mientras tanto, persiste la divergencia entre unas bolsas que siguen descontando un futuro favorable y unos mercados de deuda que advierten de riesgos crecientes. No necesariamente uno de los dos está equivocado. Pero la experiencia aconseja prestar especial atención cuando el mercado de bonos comienza a cuestionar un optimismo que otros activos parecen dar por descontado.
Source: Bolsamania.com

